2.16.2012

Futurible indeterminado (un tiempo verbal nuevo)

Hoy no voy a buscar la forma en lo que digo,
ni le intentaré dar ritmo
ni retocaré palabras
para no repetirme

Lo voy a dejar salir tal cual porque realmente
no sé muy bien lo que es.
Así que, ¿por qué perder el tiempo intentando
darle contundencia a algo vago?

Tengo una sensación extraña
mezcla de muchas cosas:
Un poco de regocijo,
de ternura reconcentrada en felicidad
mezclada con un punto de tristeza
y una buena parte de rabia.

De que el destino o el azar o la geografía o algún ser superior...
No, la verdad es que no creo en ningún ser superior.
Ni en el destino.
Si me apuras, tampoco está claro lo que es el azar.
Un poco lo mismo, pero con un nombre más mundano.
Mejor quitarle misticismo a lo que una y otra vez nos jode y no
sabemos por qué, ¿no?
A lo que a veces nos da grandes alegrías.
A lo que pinta de negro nuestras casas.
A nuestras esperanzas, miedos e incertezas.
Mejor desnudamos el concepto y la palabra, lo disfrazamos
de pseudociencia
y nos reconfortamos en que ahora creemos saber mejor
por qué nos pasan las cosas.
Cuando en realidad estamos igual de perdidos que cuando
invocábamos dioses
y sacrificábamos seres vivos en rituales sanguinarios.
Por suerte, muchos de nosotros canalizamos la rabia y la impotencia
de una forma mucho menos dañina ahora que lo llamamos azar
y no religión.

El caso es que eso que hace que yo esté aquí y tu allí
que a mi vecino le toque la quiniela y a mi no
(cómo me va a tocar, si no la echo),
eso que hizo que en aquel examen me preguntaran algo que
me acababa de estudiar
eso que, por arbitrario y sin criterio no lo entiendo,
eso que nos ha puesto en esta situación.
Me enfurece en cierto modo, porque no me dio lo que por una vez
supe que quería.
Me enrabia, porque no tengo control
y sé que es mejor así
pero yo sólo quiero gritar y correr y olvidar.

No, en realidad olvidar no.
Yo nunca quiero olvidar.
Es gracioso.
Pero casi nunca lo hago.
Aunque con algunos casos hago excepciones, contigo supe
desde el principio
que no lo haría.
Es curioso todo esto que estoy diciendo, porque
de la misma rabia
también encuentro cierto consuelo en la falta de control
sobre lo imprevisible
en esa puerta que no se cierra del todo,
en esos caminos, que separados, se saben paralelos
y tal vez, algún día
se vuelvan a cruzar.
(Saber que tu has pensado en eso igual que yo
le da un valor especial, no sabes cuánto, a las cosas)
Por designios del destino, de geografía, de azar, de ese ser superior...

Y entonces, puede que con bastantes canas más
y con mucho dolor acumulado
decidamos sentarnos en el sofá
tu conmigo
y yo contigo.
A poner en orden nuestros desórdenes
y zurcir nuestros pedazos.
No podría evitar reír entonces, si la vida fuera así de jocosa,
y nos volviéramos a encontrar
para pelearnos por el mando de la tele.

2.09.2012

Todo por delante

Hoy me inspira mi pesimista optimista favorito si digo que todavía me queda mucho por sacar de aquí dentro, por mucho que me amargue a veces con las mismas cosas de siempre

Que por muy negro que lo vea todo a veces... Yo también tengo muchos sueños que cumplir, y muchos pequeños grandes momentos que disfrutar.

Me quedan infinidad de jarras, tequilas, conversaciones con viejos y nuevos amigos, filosofía barata de bar, confesiones, chistes y complicidad de borrachos y no tan borrachos. Alguna temporada en Nueva York. O Berlín. O San Francisco. Descubrir algo, llegar lejos. Acabo de empezar una colección de paraguas, sólo tiene uno, pero habrá más. Logros épicos en madrugadas memorables. Me quedan noches que irme a dormir con la persona idónea, y mañanas que despertarme junto a una mala decisión. Resacas. Del hígado. Y del corazón. De esas me quedan muchas, aún estoy pasando la última. Pero, como siempre... De esta no vuelvo a beber más, ¡en la vida! Ya. Claro. Me quedan muchos tumbos que dar. Me queda levantarme un día y ver que he dejado de dar bandazos. Por el mundo, por la vida. Me queda gritar y que nadie me oiga. O callarme y que todos me miren. Me queda estrechar algunos lazos y romper los necesarios, los que me impiden avanzar. Recordar las pérdidas con nostalgia. Olvidar. Muchas palabras que decir, de las que arrepentirme y de las que sentirme orgullosa. Tinta que derramar, lágrimas que escribir. Tonterías nuevas, las de siempre, las de antes, las de ahora, cosas serias. Tengo muchos besos pendientes, algunos que no di, algunos que no daré. Algunos que me darán por sorpresa. Y sonrisas de idiota. Esas las pongo siempre. Me quedan también muchos días negros, muchos hoyos de los que salir y golpes que encajar. Errores que cometer. Trecho que andar, bien o mal, corriendo o andando, tropezando. Y las manos que me ayudarán a levantarme, siempre están ahí. Muchos palos en los dientes, con la sonrisa en la boca. Muchos olores. De los que te hacen llorar. Y de los que te hacen reír. Miles de nubarrones, de tormentas, de suspiros. Me faltan muchas canas todavía. Muchos disgustos, muchas alegrías. 

Y encontrar lo que busco. O no. O lo que necesito. O tampoco. Encontrar mi sitio. O no. Pero bueno, ya que no tenemos ni idea de para qué estamos aquí (seguramente para nada en particular), habrá que disfrutar el viaje, ¿no?

2.06.2012

Borrón por tinta acumulada

Qué puñetera es la memoria. Anoche le dio por acordarse de ti. De cuando perdimos el norte (qué bonito es equivocarse como es debido). De cuando me echabas de menos. De cuando nos gustábamos tanto que no escribí ni una sola palabra al mundo. No quería compartirte con nadie. Ni estropear con ficciones la realidad. Ni que el más mínimo resquicio de lo que teníamos se me escapara por entre los versos. Hoy, son estas líneas lo único que me queda. Y es pena lo que se escurre por las rendijas de cada uno de mis textos. Con tiempo y tinta, dicen, quizá te olvide. Pero yo no me lo creo mucho.

2.01.2012

Masoquismo en Verso Libre (categoría olímpica)

Te voy a pedir un favor
un tanto particular.
Tu, que me conoces bien, quizá te sorprendas.
Tal vez por su violencia, su crudeza.

En realidad, seguramente no te sorprenda tanto.
Sabes de lo que soy capaz.
Al menos, lo intuyes.

Hazme daño. Jódeme.
Granjéate mi odio.
Trátame mal.

Dame razones para cabrearme.
Compórtate de forma despreciable.
Humilla mi ego con desaires, recuérdame quiénes son mis enemigos.

Demuéstrame que no te importo.

Refréscame los pisotones de otras botas en mi cuello.
Ponme en guardia.
Declárame la guerra.

Muerde mi mano.

Hiéreme: que me arrepienta de haberte conocido.
Que lamente haber perdido mi tiempo contigo.

Castígame.
Desilusióname.
Decepcióname.

Siembra en mi la certeza
la única que me hace falta:
Que no eres justo lo que necesito.
Ni tampoco exactamente lo que buscaba.

Que sólo te inventé
para hacerme daño.

Cura mi pena con tu odio.

Este es el favor que te pido.
Pero sé que no lo vas a hacer.
(Si no, no serías lo que buscaba.)

Es por eso que estos son días tristes.

1.25.2012

Nada que regalar

Hasta ahora nunca quise luchar en exceso. Para qué. Llegué a pensar que no lo intenté lo suficiente. Y lo cierto es que hice más de lo debido, pero sabiendo que no serviría para nada. Vendí baratas mis emociones, y no las querían ni gratis.

Ironías de la vida, esta vez me esforcé más de la cuenta. Aposté fuerte, me lo jugué todo, pensando que si no lo hacía perdería lo mejor que había encontrado. 

Te entregué todo lo que tenía y pensé que te quedarías conmigo.

Pero te has ido igual.

En realidad no querías que te diera nada. Ya me lo advertiste, aunque llegué a creer que mentías.

Tanto o más a ti que a mi.

Tómatelo como un regalo. Lo cierto es que me gusta que lo tengas tu, y te lo habría dado de todas formas.

...


Espero que alguien se acuerde de mi cumpleaños.

Porque a mi ya no me queda nada que regalar.

1.16.2012

Sastres de ideas

Como en muchas profesiones, especialmente de formación abstracta, la mayoría de la gente no sabe a qué nos dedicamos. Sin embargo, es inherente a lo nuestro que se nos confunda con otras cosas de mucho menos alcance. Y, como somos modestos e inexpertos, y nuestra disciplina es joven, no salimos en nuestra propia defensa. El analfabetismo al respecto nos mide en muchas ocasiones con el mismo rasero a todas las personas que tenemos contacto con un teclado. Se infravalora nuestra profesión porque se relaciona únicamente con lo que se conoce de ella, y para qué estudiar cinco o seis años, si al final, en términos generales, arreglamos ordenadores, le pirateamos la conexión de internet al vecino, y algunos, en un alarde de capacidades, le programamos el vídeo a la abuela.

La gente no ve lo que hacemos. Porque nuestro trabajo produce resultados intangibles, invisibles. Para nosotros, la transparencia es una virtud y un objetivo. Nuestras principales herramientas son tan etéreas como muchos de sus resultados. Y la naturaleza de éstos es muchas veces paradójicamente por fuerza imperfecta y a la vez imperturbable en el tiempo, reproducible y multiplicable en cuestión de segundos por obra de sistemas e instrumentos que nosotros mismos hemos construído.

Modelamos conocimiento. Somos sastres de ideas. Las utilizamos para construír otras, más complejas y potentes. Le damos forma a la información, a los procesos. Somos lógicos, filósofos y pensadores. Resolvemos problemas. Reflexionamos sobre ellos, los analizamos, les damos nombre, cualidades y cantidades. Ponemos cifras en ellos, pero no siempre. Convertimos los números en palabras, y las palabras en números. Estamos altamente cualificados en manejo de lenguaje, de incertidumbre, de imprecisión, pero somos capaces de puntualizar cuando es necesario, de medir y evaluar nuestros propios resultados con el rigor y la exactitud de un matemático.

Somos ingenieros. Somos capaces de asimilar disciplinas ajenas y darle a sus expertos un soporte que multiplique su productividad, su eficiencia. Por obra de manos como las nuestras se han construído almacenes que contienen más información que átomos el universo, y sistemas que permiten su acceso en centésimas de segundo. La complejidad de nuestras obras no tiene nada que envidiarle en muchos casos a la de una presa o un puente, y en manos de gente como nosotros se ponen a diario muchas vidas.

Somos artistas y soñadores. Nuestra disciplina no tiene más límites a nuestros ojos que los que pone nuestra imaginación. Nos gustan los juegos y las adivinanzas, somos los padres de Pac Man, de internet, del mp3.  

Vendemos aire, sí. Uno sin el que hoy día es difícil respirar. Y como la humildad a veces nos sobra, hoy rompo una lanza a favor de mi gremio, de mi formación y de mi futuro. Deberíamos estar orgullosos.

12.31.2011

Yo también le digo algo al 2011 que se va

Siempre me ha hecho mucha más ilusión la nochevieja que la navidad. Si bien estas fiestas me parecen una buena excusa para reunirse con la gente a la que se quiere, no dejan de ser religiosas, y quizá por mi acentuado agnosticismo me parece mucho más significativo el cambio de año. Muchos argumentaréis que por qué el 31 de diciembre, entre todos los días del año, es especial. Y llevaréis razón, es arbitrario. Pero las cosas, arbitrarias o no, tienen el sentido y la magia que les damos nosotros.

Cada cambio de año es una oportunidad. Un recordatorio de que estamos aquí, un duelo por los que no han podido llegar con nosotros, y un montón de esperanza puesta en el siguiente. Porque queremos continuar con lo bueno de este año, esperamos corregir los errores que cometimos, y deseamos que lo malo no se repita. Un día en que nos proponemos mejorar. Tenemos un momento para valorar qué hemos aprendido y qué queremos olvidar. Hacemos propósitos, planes, y un resumen del capítulo que acabamos de concluír, esperando escribir algo bueno en el siguiente.

Hay mucho aprendizaje entre las cosas que he escrito en 2011. En las primeras páginas escribí que los cafés eternos tienen la curiosa habilidad de hacerte soñar, y capacitarte para pasar esa página que no sabías cómo superar. Escribí páginas oscuras, de lágrimas y renuncias. Párrafos de los que casi siempre me hizo salir alguien que los entendía muy bien. Él mismo había escrito algunos como aquellos, y, agarrando mi mano, me arrancó de cuajo de aquellos momentos en los que sólo quise relatar destrucción, reescribiendo un poco así mi concepto de amistad. También escribí ilusiones vacuas, que explotaron en mis manos una y otra vez. Tardé cierto tiempo en escribir unas páginas sobre cómo las decisiones que se toman sumidas en la desesperación a veces son más lúcidas que muchas de las que se reflexionan durante meses. De estas últimas, también relaté una, que seguramente cambie mi vida de una forma que nunca imaginé. Que a veces puedes conocer a alguien que te marque en el sitio más inesperado.

Borré algunos nombres de mi agenda. O mejor dicho, se borraron solos. Incluí algunos nuevos en la lista, nombres que espero escribir muchas más veces.

Y la verdad, al releer ahora este capítulo que acabo de terminar, veo que ha sido un buen capítulo. Un poco inocente en sus comienzos, mucho más sabio en sus últimos párrafos. Uno de esos años en los que sabes que has crecido mucho más como persona que en la mayoría de los anteriores. Lleno de ilusión como muchas otras veces, en el último tramo. Porque los últimos meses del año, no sé por qué, suelen ser más especiales que los primeros. Y como un buen capítulo de fin de temporada de una serie, termina en punta. Vaticinando muchos cambios y cosas buenas (y no tan buenas, pero necesarias) para el año 2012.

Ni crisis ni hostias. El 2012 señores, va a ser mi año. Y espero que el vuestro. Feliz año nuevo.


12.26.2011

Comentario Crítico


Leyendo ayer un poema
volví a comprender ciertos puntos
que mi córnea, suspicaz
había perdido de vista.

En mi constante obsesión
por estudiar cada línea
olvidé disfrutar la lectura
olvidé que la forma coherente
esconde un fondo valioso.

Olvidé que no todos los versos
esconden un doble sentido.
Que a veces con uno es bastante.
Que a veces menos es más.

Que hay silencios
y pausas
que tampoco dicen nada.
Simplemente dotan de ritmo,
dan vida a las canciones sencillas.

Que las ideas sinceras
valen igual que las figuras.
Lectores como yo
las valoran más escritas
que ocultas entre las líneas.

En estos pensamientos estaba
cuando sonrieron mis ojos.
Me reía yo, en silencio,
de la ironía de las cosas:

Donde esté un Ángel González
(discúlpenme la osadía los señores puristas)
que se quiten Esproncedas,
Góngoras
y Quevedos.

9.15.2011

El paraguas

Anoche llamaste a mi puerta,
exigiendo soluciones.
Empapaste mis paredes
de interrogantes, cuestiones y dudas,
de embrollos inextricables,
de preguntas sin respuesta.

Anoche viniste a verme.
Yo intenté secarlo todo,
ventilar esos misterios.
Pero tu me asiste firme, violenta.
Y no dejaste más opciones
que las de tus ojos negros.

Anoche entraste en mi cuarto,
me pillaste de improviso.
Ya no te estaba esperando;
quemaste la emoción de buscarte,
me robaste con tu desgana
mi poca fe en los milagros.

Por la mañana no estabas.
Lo cierto es que no me sorprende:
llegué a dudar si viniste
realmente, o me lo había imaginado.
Mala suerte, habemos pruebas.
No sólo queda tu olor.

También el maldito paraguas.

9.12.2011

Falsa derrota

La verdad es que a estas alturas
me da igual admitirlo
porque sé que ya no lo vas a leer
ni a entender.

Quizás lo irónico de la cuestión
es que siempre me creí
o me supe (supongo que es término más preciso
si mi opinión no ha cambiado)
mejor que tu.
Mejor en la escala que cada uno usa para medir las cosas
que por supuesto
es igual de absurda que todas las otras.

Mi conciencia sin embargo
te disfrazó de superioridad
(sentirse inferior es mas grato
y se confunde con bondad)
y permitió a mi ego
propinarte de condescendencia
continuas bofetadas,
que llovían sin cesar sobre ti
y sin embargo
tu ni te inmutabas.

No son tales las afrentas
si el orgullo del ofendido
no se ve perjudicado.

Lo cierto es que de todo esto
yo nunca tuve ni idea.
No sabía que te dejaba corretear libre
empezar con ventaja la carrera
porque a los niños hay que dejarlos ganar a veces.
Me fabriqué el engaño de que yo sólo quería correr contigo.
Me convencí de aquello,
me lo terminé creyendo.

Y cuando llegué a la meta tras de ti
como sabía que ocurriría
no pude evitar el sabor ligeramente amargo
de la derrota
que pudo haber sido victoria aplastante.
Ese punto de orgullo herido
de buena acción que me explotó en las manos:
porque eso tu no lo puedes saber ni entender ahora
y así ha de ser.

Siempre queda el consuelo egoísta de saber
que un día, tal vez lejano tal vez pronto
el niño orgulloso dará paso
al padre benevolente
que comprenderá entonces
que no ganó todas las carreras en las que llegó primero
ni perderá todas las que no encabece.

Y quizá ese día tu me llames
y me digas:
ojalá te mueras;
curando mi honor entonces con tu odio sincero
(y tal vez más permanente que el amor que no me diste).

Aunque, no nos engañemos:
las victorias no reconocidas
siempre supieron un poco a fracaso.