—¿A qué dices que se parece?
—Se parece a las sábanas por la mañana.
—¿Sábanas? —preguntó extrañado—. Creo que sigo sin entenderlo.
—Sí, sí, a las sábanas. Especialmente cuando has tenido un mal sueño, no has dormido bien o el calor no te ha dejado dormir.
—La verdad es que no suelo recordar los sueños, ni los buenos ni los malos. ¿Tú sí?
—Depende del sueño —comentó ella pensativa—. Creo que nunca he tenido uno de esos que se repite. De todas formas, más que el sueño en sí suelo recordar la temática o lo que me inquietaba de él. Es difícil olvidar. ¿Quién decía aquello de quédate ahí hasta que dejes de pensar en un oso blanco?
Se llevó el cigarrillo a la boca distraídamente, mientras hacía como que reflexionaba sobre la procedencia de tan ingeniosa frase.
—Tolstoi, creo. O eso dicen. La memoria es selectiva, y no funciona a voluntad. Con frecuencia uno olvida cosas que querría recordar, y cuanto más pensamos en olvidar algo, con más vehemencia se graba.
—El más listo de la clase, ¿eh? —dijo con sorna, mirándolo escrutadoramente a través de sus ojos, ligeramente entornados—. Lo mejor es no darle importancia. No dejar que los pensamientos te abrumen —exhaló el humo en lo que a los ojos de su acompañante pareció un suspiro ahogado—. Eres tú quien los debe dominar.
—Me has cambiado de tema y no me has dicho qué les pasa a las sábanas de tu cama por la mañana.
—Es que no me gusta hacer la cama, es una tarea tonta e improductiva. Nunca me sale bien. La mayoría de las veces se han salido las sábanas casi enteras y están arrugadas, y luego por más que lo intente no consigo cuadrarlas en su sitio.
Él sonrió. Le gustaba la forma que tenía de poner los ojos en blanco cuando alguna idea la contrariaba.
—¿En qué piensas? —Aunque sutil, había captado el cambio de expresión.
—A la mierda las sábanas. Seguro que estás preciosa por la mañana.
Y, durante lo que pudieron ser cinco minutos, él observó con detenimiento a la mujer que tenía enfrente.