martes, 29 de julio de 2014

Whisky solo (o con soda)

El poeta
agita su whisky (con hielo)
ligeramente
apartando
los demonios
y las prisas
sopesando
las palabras
y las musas.

Se acoda en la barra
observa su vaso
ensimismado.
Conoce bien el terreno de juego
entre los cristales
de los sueños
rotos
y las jarras de amor
a medio llenar.

Es especialista de cine.
Se dobla a sí mismo
en las escenas de riesgo
de sus propias películas de amor:
esas
donde el protagonista
se enamora de la chica.
Y claro,
suele acabar
con el pecho ensangrentado,
pero
siempre
lo
da
todo.

Se bebe
de un trago el miedo
porque él puede
mejor que nadie
con sus cincuenta y cuatro grados.
Ni siquiera carraspea.
Deja pasar el fuego
por su garganta
y toda
esa
metralla
la convierte
en tinta
espesa y densa
de la que corre
por sus tripas,
un poco sucia,
como su poesía,
llena de cercos de vasos
en barras de bar,
que huele
a bragas mojadas
y a dedos
empapados
de sexo
vicio
y amor.

Él es un poco animal
pero en el buen sentido:
es el sinvergüenza
que por puro instinto
te robará las bragas
a la primera sonrisa
el corazón
al primer polvo
y el alma
al primer abrazo.

Pero no os dejéis engañar
por su afilada lengua
y sus obscenas palabras
no leáis el cinismo que creéis ver
porque él tiene de teflón el alma
y la mirada impoluta.
Si miráis con atención
podréis ver brillar al fondo
su pesimismo optimista
y ya jamás podréis condenarle.

Porque él
es el presunto culpable
más inocente
que nunca antes
hayáis conocido.